Es un atardecer caluroso, pero apacible sobre Champs Elyseés.
Los últimos rayos del sol del domingo se incrustan entre las gigantescas bóvedas del Arco del Triunfo.Las cuadrigas de bronce de George Recipon que escoltan al Grand Palais saludan al pelotón con un efusivo y profundo mensaje: «La inmortalidad desbancando al tiempo».Más allá, el imponente Obélisque de Louxor y las fuentes monumentales de la Place de la Concorde. París brilla, aún bajo las sombras de las hileras de olmos y castaños que bordean al Jardin des Tuileries.
La ciudad que aclamó a Santa Genoveva, a Moulin, a Napoleón y al general Leclerc vitorea hoy a los 158 valientes (184 salieron de Barcelona hace 3 semanas) que han logrado sobrevivir a más de 3 mil kilómetros de largas praderas, impresionantes subidas, calor, frío, viento y enfermedades.Entre esos héroes, sobresalen uno que viste de amarillo y que sonríe abiertamente y otro que, enfundado en el suéter blanco, parece luchar contra retraimiento.En la esquina de Rue des Rosiers y Rue de Faubourg, el puesto de tabaco y periódicos muestra la portada de la edición dominical de L’Equipe: «Les Diaboliques», con ellos 2 cruzando la meta del sábado en Alpe d’Huez y haciendo una señal que se volvió popular en la caravana: los dedos índices sobre la cabeza, semejando los cuernos de un toro, de un «Torito». Quizá la interpretación del tabloide fue otra.Del Toro ha hecho historia este 26 de julio. Ha llegado a la meta del Tour de Francia como el campeón juvenil, emulando lo que Raúl Alcalá lograba hace casi 40 años y agregando otra hazaña: el tercer lugar de la carrera, un podium en París compartido con el mejor ciclista de la época y quizá de todas las épocas -Tadej Pogacar- y con el actual campeón olímpico y mundial de las pruebas contrarreloj -Remco Evenepoel-. A los 22 años, Isaac ha justificado todas las expectativas que se generan a su paso.Es una realidad: México, sin buscarlo, ha vuelto a encontrar un ciclista de la más alta dimensión. «Mi retiro no está lejos», dice Pogacar, que ha ganado su quinto Tour de Francia. «Él (Isaac) tiene todas las cualidades para ser mi sucesor. Me honra ser su mentor».Del Toro ha tenido las piernas y la fortaleza mental para soportar una de las pruebas más demandantes del deporte profesional. Ha tenido, es verdad, la fortuna de tener a Pogacar a su lado. «La carrera se corrió al ritmo que quiso Tadej», me dice Raúl Alcalá, presente, como invitado especial, aquí en los Campos Elíseos.El sábado, en la monstruosa penúltima etapa, con 4 puertos montañosos fuera de categoría y un ascenso, tras el mítico Col de Sarenne, sobre lo que puede considerarse «una pared» con hasta 10 grados de inclinación, Pogacar, el mejor ciclista del planeta e insisto, para muchos, el mejor de la historia, ha entendido que una vez asegurado su suéter amarillo, debía trabajar como «gregario» para que el mexicano le sacara el tiempo necesario a la sensación francesa, Paul Seixas, y conservar el sitio en el podio parisino.»Él es fantástico», explica Del Toro.»Hemos hecho una relación más allá de la bicicleta. Le agradezco todo lo que ha hecho por mí».Más allá de la línea de meta, en un estudio desmontable, la televisión francesa sostiene un acalorado debate sobre las razones por las cuales Seixas, su gran esperanza para ganar un Tour -el último francés en lograrlo fue Bernard Hinault en 1986- había fracasado en llegar al podium debido a la actuación del pedalista mexicano.»Lo que nos sucede es una desgracia», dice el presentador principal de France TV, Alexander Pasteur.»Seixas debía mostrar que es una apuesta segura al futuro. Se le cruzó un dúo infernal (Pogacar y Del Toro)».El Tour de Francia nos ha dejado casi una enseñanza de vida. En el argot ciclista se dice que «hay que seguir siempre la rueda adecuada», Del Toro lo ha hecho.Tomó la de Pogacar y éste «extraterrestre» sobre la bicicleta no solo lo ha llevado hasta Paris, también lo ha hecho su amigo y ha aceptado ser su mentor.Cae la noche sobre París. El himno esloveno, uno de los versos de la obra poética «Zdravljica», suena frente al Palacio del Elíseo. Isaac voltea para ver de reojo a su «jefe de filas». Lo ve con orgullo y admiración. Luego, cierra los ojos y deja la mirada fija en el horizonte.Él sabe, que, algún día, estará ahí y hará que el «mas si osare» retumbe desde la «Ciudad Luz».










