Niños buscadores de Chihuahua: cambian juguetes por pico y pala para encontrar a sus desaparecidos

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En la región sur de Chihuahua, al menos seis niños se han sumado a la labor que emprenden sus madres y abuelas para localizar a algún familiar desaparecido. Padres, abuelos, tíos e incluso hermanos que se ausentaron en municipios como Madera y Jiménezson la causa de que hayan cambiado los juguetes por un pico y una pala, como es el caso de Paco e Irving, hermanitos que a pesar de haber encontrado a su padre en una fosa clandestina en 2025, continúan cavando junto a las demás integrantes del colectivo 10 de Octubre en busca de 80 personas más.

Existen infancias que no conocen el juego pleno, ni la tranquilidad de un hogar completo. En la zona sur del estado, al menos ocho niñas, niños y jóvenes han crecido acompañando a sus madres en una de las tareasmás dolorosasque puede existir: buscar a un ser querido desaparecido.

Sus recuerdos no están hechos únicamente de juguetes, cumpleaños o tardes de diversión, están marcados por marchasrastreos en terrenos áridos, lonas con rostros que no regresan, pesquisas pegadas bajo el sol y silencios que pesan más que las palabras. Son hijas e hijos de madres buscadoras que, desde temprana edad, aprendieron que la ausencia también educa y que la esperanza, aunque cansada, nunca se suelta.

La infancia debería ser un espacio de cuidado, juego y despreocupación. Sin embargo, para estos niños la desaparición de un padre, un hermano los obligó a madurar antes de tiempo, a comprender una realidad que no tendría que tocarles, a cambiar los juguetes por picos y palas.

Una de las historias que retrata con mayor crudeza esta realidad es la de la familia Rodríguez Ramírez. Saúl Everto Rodríguez Ramírez, joven parralense y el mayor de cuatro hermanos, fue privado de la libertad hace 13 años. Desde ese momento, su ausencia se convirtió en una herida abierta que transformó la vida de su madre, Betty Ramírez, y de cada uno de sus hijos.

Juanito, el más pequeño, tenía apenas cinco años cuando Saúl desapareció. A esa edad no comprendía del todo qué significaba una desaparición, pero sí entendía que algo se había roto en su casa. El llanto de su madre se escuchaba todos los días, llenando los espacios que antes ocupaba la rutina familiar.

Hoy, a punto de cumplir 18 añosJuanito recuerda con nostalgia junto a su familia uno de los momentos que marcaron su niñez. Durante un viaje a Ciudad Juárez, mientras su madre realizaba un trámite, él permaneció afuera. En ese instante, fue abordado por medios de comunicación y, con la inocencia propia de un niño, pidió ayuda para encontrar a su hermano Saúl. Su voz, frágil y sincera, se convirtió en un eco de miles de infancias que buscan a alguien que falta.

El impacto profundo de la desaparición de su hermano lo ha adentrado a buscar convertirse en médico, con la intención de especializarse en medicina forense. Sabe que desde ahí puede ayudar a dar nombreidentidad verdad a quienes siguen siendo buscados.

En esta familia también están Isabel Raúl, quienes tenían 15 y 14 años cuando la desaparición de su hermano alteró el curso de sus vidas. Ambos pasaron de ser adolescentes a convertirse en el principal sostén emocional de su madre, quien se encontraba devastada por la ausencia de Saúl.

Isabel soñaba con ser ingeniera minera. Sin embargo, tras la desaparición decidió estudiar Derecho, enfocándose en derechos humanos y violencia de género, con la convicción de que el conocimiento puede convertirse en una herramienta de defensa y exigencia para las víctimas.

Raúl eligió la Criminología, disciplina desde la cual hoy acompaña activamente las búsquedas y apoya a su madre cuando, por motivos de salud, ella no puede acudir a reuniones nacionales de colectivos. Cada búsqueda es también una forma de seguir llamando a su hermano.

Fueron de las primeras familias de la zona sur en emprender búsquedas en campo, recorriendo brechas, caminos y municipios, preguntando, investigando y siguiendo cualquier indicio que pudiera llevarlos al paradero de Saúl.