Con el 69% de su capacidad, la presa Pico de Águila al sur de Chihuahua se ha convertido en la principal esperanza para los agricultores de los municipios de Coronado, López y Jiménez que tras años de sequía y malas cosechas confían en que el agua almacenada les ayude a recuperar un poco de lo perdido, pues en 2024 nogaleros, maiceros y forrajeros vieron morir hasta el 70% de su producción por la falta de riego, pero esperan que este próximo ciclo agrícola pinte mucho mejor que el anterior.
Aquí, el nogal domina el paisaje: es un cultivo exigente en consumo de agua, pero también uno de los que mayores utilidades deja cuando las condiciones son favorables. Sin embargo, esa misma dependencia lo vuelve vulnerable. Cuando falta el agua, la bonanza se desvanece y las familias que viven de este árbol noble deben resistir con lo que les queda.
Después de años de incertidumbre y cosechas magras, el campo vuelve a tener una chispa de esperanza. Pero en el sur del estado, esa esperanza siempre viene con una pregunta que cala: ¿alcanzará el agua?
La presa, construida hace casi cuatro décadas, abastece al distrito de riego de esta región agrícola de Chihuahua. Sin embargo, el ciclo que termina dejó cicatrices profundas: los nogales con ramas vacías, los surcos resecos, los pozos agotados y familias que viven literalmente de año a año, dependiendo de lo que logren cosechar para sobrevivir los doce meses siguientes.
La historia reciente del campo en esta zona ha estado marcada por la incertidumbre. Las prolongadas sequías, combinadas con heladas tardías y la disminución de volúmenes de riego, han golpeado con fuerza a los productores. Sin embargo, las lluvias de este año permitieron que la presa ubicada en el municipio de Coronado recobrara parte de su capacidad, lo que ha reavivado la esperanza en cientos de familias que viven del trabajo de la tierra.
Una pareja que resiste: “Semos de año a año”
En el ejido Emiliano Zapata, municipio de Coronado, el productor Gildardo Chaparro Corral y su esposa caminan entre las hileras de nogales. El suelo cruje bajo sus botas. No hay sombra espesa, ni hojas brillantes, ni el murmullo de las ramas cargadas de nuez. Solo quedan unos cuantos frutos, secos, pequeños, casi simbólicos. “Este año no hubo nada”, dice don Gildardo con voz pausada, la misma calma con la que asume la adversidad.
El año pasado apenas recibieron agua para regar la mitad de sus 15 hectáreas. “Antes nos daban siete, ocho riegos; ahora nomás una melguita”, explica señalando la tierra endurecida. La falta de agua redujo su producción a un 25% de lo normal. Lo poco que alcanzaron a cosechar apenas servirá para cubrir algunas deudas. “Todo subió, fertilizantes, diésel, refacciones, y la nuez no alcanzó. Ni para pagar jornales, ni para la comida”, lamenta.
El productor calcula que la producción cayó más del 70% respecto a un año normal. “Antes las ramas se llenaban de nueces, ahora apenas tienen en las puntas”, explica. Pese a ello, mantiene la fe en que el siguiente año sea distinto: “Nosotros somos gente de año a año; vivimos de lo que da la tierra y lo único que pedimos es que nos ayuden con agua y con algún apoyo para fertilizantes, porque todo subió y este año, con tan poca cosecha, no hay de dónde sacar”.
A su lado, su esposa escucha en silencio, con los ojos fijos en los árboles. Es una mujer de rostro curtido por el sol, marcada por el trabajo y la enfermedad. Padece diabetes e hipertensión, mientras su esposo aún se recupera de un infarto. “Nosotros semos de año a año”, dice con voz temblorosa. “Lo que cosechamos es lo que tenemos para vivir. Si no hay cosecha, ¿qué hacemos?”.
Cada viaje a las consultas médicas en Parral o Jiménez les cuesta más de lo que pueden pagar. “El medicamento de él está bien caro, y las vueltas al doctor también. Pero aquí seguimos. No podemos dejar el campo porque es lo único que sabemos hacer”, explica ella.
Don Gildardo asiente. “El campo es nuestra vida. Lo poquito que hay lo cuidamos. Solo queremos que este año que viene nos suelten un poco más de agua. Con eso, con eso tenemos”, dice mirando al cielo, como si midiera el ánimo de las nubes.
Aun con los pesares, la pareja mantiene la fe en que la presa Pico de Águila vuelva a entregar el “normal” de otros años. Este 2025, el embalse subió su nivel del 30 al 69% gracias a las lluvias, y eso representa una esperanza tangible. “Aunque sea un poquito más que el año pasado, con eso nos levantamos”, dice el productor. En sus palabras hay una mezcla de fe y resignación; una oración muda por agua y por vida.











