La expansión a escala global de las muestras inmersivas, que en la Argentina todavía son un fenómeno reciente, viene generando un debate acerca de los vínculos entre arte y tecnología, acerca de la democratización de la cultura que supondrían estos emprendimientos o, en su defecto, la apropiación de los legados artísticos como “cazabobos” para montar grandes negocios.
En julio de 2022, en Córdoba se vivió la primera experiencia de esta ola planetaria con el arribo de “Van Gogh, el sueño inmersivo”. El artista neerlandés es uno de los hits preferidos por las empresas que llevan adelante estos megashows.
En pocos días, será el turno de “Da Vinci: il genio”, dedicada a la figura y a la obra del maestro renacentista. La exposición que llegará a Córdoba se anuncia con todos los chiches tecnológicos: un sistema de multiproyección sincronizada, hologramas, videos educativos.
Casi sin excepciones, el aterrizaje de este tipo de muestras dispara entusiasmo y suspicacias. Y también un conjunto de preguntas: ¿son tan fascinantes como prometen? ¿Otorgan realmente una experiencia ampliada del arte? ¿Se trata más bien de espectáculos que apenas remedan el tipo de vivencia que implica encontrarse con obras en una exposición?
Pese a toda la parafernalia digital, sostienen algunos puristas, las muestras inmersivas no logran suplantar la serena expectación de un cuadro o una escultura en un museo. La montaña rusa de emociones que se promete, la estimulación de otros músculos además del ocular y el shock multisensorial que, en el mejor de los casos, ofrecen este tipo de experiencias, no le otorgaría al público ningún acceso privilegiado a las obras en cuestión ni una comprensión más profunda de sus significados. Por lo cual, añaden, no se justifica el pago de una entrada costosa.
Hay quienes piensan, a secas, que se trata de una mezcla perversa de arte con espectáculo, que se pierden o se distorsionan los contenidos culturales en pos del entretenimiento.
Es obvio que la experiencia directa, el hecho de estar cara a cara con una obra, no tiene punto de comparación con la “inmersión” que proponen estas muestras, que se parecen más a una sala de cine 3D mixturada con feria de ciencias y parque de atracciones que a una exposición en su sentido más convencional.











