Productores de Valle de Zaragoza salvaron la sandía con el método lápiz; se cosecharon casi 200 hectáreas

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A través del ingenioso método del lápiz, agricultores de Valle de Zaragoza lograron rescatar cerca de 200 hectáreas de sandía aprovechando el agua del subsuelo en plena sequía y con el río Conchos casi abatido. De acuerdo con Desarrollo Rural del municipio dicha estrategia también permitió incrementar el precio de la fruta en favor de los productores de la región ya que pudieron ofrecerla en tres pesos el kilogramo cuando el año pasado no pasaba de un peso.

Este 2025, la historia de la sandía en el municipio parecía condenada a escribirse con letras grises. La severa sequía que azotó la región pronosticaba pérdidas totales para los productores, pues el agua simplemente no alcanzaría a llegar a las parcelas. La situación era crítica: el nivel del río apenas dejaba pasar un hilo de agua y el panorama auguraba un año sin cosecha, con el consecuente golpe económico para cientos de familias. Sin embargo, una técnica tradicional, el llamado método del lápiz, se convirtió en la tabla de salvación para la producción de esta fruta, símbolo del verano en la región.

En medio de ese esfuerzo, el Valle recuperó su color. Donde se temía ver surcos vacíos, hoy se extienden alfombras verdes salpicadas de frutos gigantes, listos para cosecharse. Y aunque la producción no alcanzó las cifras del año pasado, la victoria es innegable: la sandía volvió a llenar las camionetas, los mercados y las mesas de la región.

Según el director de Desarrollo Rural de Valle de Zaragoza, Manuel Omar Lachica, en el municipio se siembran alrededor de 200 hectáreas de sandía, la mayoría bajo riego por cintilla. Este año, la producción promedio fue de 20 toneladas por hectárea, menor a las 30 toneladas del año pasado, pero suficiente para evitar pérdidas totales“El pronóstico era que no se iba a levantar nada, y logramos salvar el 90% de las cosechas gracias a que muchos productores adaptaron su sistema y colocaron el lápiz más pegado al río”, explicó.

¿Qué es el método del lápiz?

El llamado “lápiz” es una tubería de diámetro reducido, de ahí su nombre, que se instala para conducir el agua desde una fuente cercana, en este caso el río, hasta las cintillas de riego que hidratan las plantas. Normalmente, los productores colocan el lápiz dentro de sus tierras, aprovechando canales o pequeños tajos de agua, pero la reducción drástica del caudal este año obligó a una inversión extra: instalarlo justo a la orilla del río para garantizar el suministro. Fue un trabajo contrarreloj, con picos, palas, mangueras y bombas, pero permitió que el agua llegara a tiempo para salvar las plantas.

No todos usan esta técnica. Algunos siembran “de humedad” o “trasporo”, aprovechando la filtración que dejan los rebalses de la presa; otros riegan con bombas instaladas en cárcamos o tajos de agua. Sin embargo, para quienes dependen del riego por cintilla, el lápiz fue la única alternativa viable este año.

El campo que volvió a llenarse de verde

Recorrer una labor de sandía en plena temporada de cosecha es como entrar a un festival silencioso de colores y aromas. El verde intenso de las plantas, extendidas como una alfombra viva, contrasta con el tono pálido y polvoriento del suelo. 

Las guías se enredan unas con otras, como brazos extendidos que custodian el tesoro que crece pegado a la tierra: sandías enormes, de piel brillante y rayada. Al agacharse, se pueden ver las raíces aferradas al fruto, una conexión que recuerda que la tierra, incluso herida por la sequía, aún tiene fuerza para alimentar.

En un recorrido por una de las parcelas del Valle de Zaragoza, el paisaje sorprende: hileras interminables de plantas verdes se extienden sobre la tierra marrón. Entre las hojas ásperas, cubiertas de una fina capa de polvo, se asoman las sandías, algunas del tamaño de un balón de futbol, otras tan grandes que requieren dos manos fuertes para levantarlas. El olor a tierra húmeda y vegetación recién regada impregna el aire, y el zumbido del agua corriendo por las cintillas acompaña el trabajo de los jornaleros.

Los productores avanzan agachados, cortando cuidadosamente cada fruto. Las raíces, firmes y blanquecinas, se enredan en el tallo que conecta con la sandía. Un trabajador toma una navaja, corta el tallo y el fruto rueda apenas unos centímetros. Con un golpe seco y certero, la sandía se abre y deja escapar un rojo vivo, casi encendido, que anuncia frescura y dulzura. La pulpa está salpicada de pequeñas semillas negras que parecen puntos de tinta sobre un lienzo carmesí. El aroma dulce invade el aire. El sabor, dicen los mismos trabajadores, es “más dulce que el del año pasado”, quizá porque el estrés hídrico concentró los azúcares.

De la parcela a la camioneta

Cargar las sandías no es tarea sencilla. Algunas pesan más de 15 kilos, y levantar una tras otra bajo el sol del mediodía es un reto físico que agota brazos y espalda. Sin embargo, la alegría de saber que este año habrá venta impulsa a los productores a seguir. Uno a uno, los frutos son acomodados en la caja de una camioneta: primero una capa ordenada, luego otra, y otra más, hasta que el vehículo queda repleto. Las manos de los jornaleros, curtidas por el trabajo, limpian el sudor de la frente y sonríen: saben que cada viaje representa ingresos para sus familias.

Mejor precio, menor producción

Aunque el rendimiento por hectárea fue menor que en 2024, el precio este año compensó la caída. El año pasado, la sandía se vendía entre 80 centavos y un peso por kilo; este año, el precio mínimo fue de 1.50 pesos, y el máximo llegó a 3 pesos. Esto permitió que los productores obtuvieran mejores ganancias, incluso con menos toneladas: “El año pasado hubo mucha producción, pero el precio estaba por los suelos; este año fue al revés, pero logramos salir adelante”, señaló Lachica.

Valle de Zaragoza termina la temporada con menos toneladas que otros años, pero con la cosecha salvada y un precio que permitió respirar a los agricultores. Entre las filas de sandías listas para salir, queda la sensación de que, mientras haya agua que bombear y manos que trabajen, el verde seguirá brotando en medio de la aridez.

El año pasado recuerda un productor que aunque se tuvo buena cosecha, al no tener un buen precio, y al ver que los intermediarios pagaban menos de lo que realmente costaba su producto, decidieron mejor darle las sandías a los animales que tenían en los ranchos, ya que no era redituable salir a vender las sandías. Pero este año fue mejor el precio. 

Incluso, este año no iban a sembrar sandía debido a que el año pasado les había ido muy mal con el precio, sin embargo decidieron sembrar debido a que la familia acostumbra a salir a un costado de la carretera a ofrecer los productos, y así allegarse de recursos para las familias.