La escuela-internado de Sisoguichi en el municipio de Bocoyna es un espacio de lucha y esperanza para las familias de la sierra a raíz de que muchas de ellas fueron educadas ahí, pero un incendio ocurrido recientemente dejó en ruinas una parte del edificio que cuenta con casi 100 años de antigüedad y donde fueron consumidas por el fuego 40 literas. Vecinos, estudiantes y la Diócesis de la Tarahumara piden ayuda para reconstruirlo y no dejar sin hogar ni estudios a jóvenes indígenas y mestizos.
Enclavada en lo profundo de la Sierra Tarahumara, la escuela-internado de Sisoguichi, ubicada en el municipio de Bocoyna, Chihuahua, representa mucho más que un centro educativo: es un refugio, una esperanza y una plataforma de transformación para generaciones enteras de familias indígenas y mestizas. Con casi un siglo de historia, este espacio ha sido testigo de incontables historias de superación, aprendizaje y resistencia en una de las regiones más aisladas y vulnerables del país. Para muchas familias rarámuri y mestizas, Sisoguichi no solo ofreció educación, sino también cobijo, alimento y la oportunidad de construir un futuro distinto, rompiendo ciclos de pobreza y marginación.
Sin embargo, esa esperanza enfrenta hoy una dura prueba. Un incendio reciente devastó parte del edificio histórico, reduciendo a cenizas 40 literas y afectando seriamente las instalaciones que han albergado a jóvenes por décadas. Las llamas no solo consumieron camas y paredes, sino también parte del tejido de memoria y pertenencia que esa comunidad ha construido a lo largo de los años. Las imágenes de los dormitorios calcinados y los rostros de preocupación entre los estudiantes son un recordatorio doloroso de la fragilidad de estos espacios, sostenidos muchas veces más por el compromiso social y comunitario que por el respaldo institucional.
Ante esta tragedia, la comunidad no se ha quedado inmóvil. Vecinos, estudiantes, docentes y la Diócesis de la Tarahumara han alzado la voz con un mensaje claro: no podemos dejar caer este internado. Hoy más que nunca, piden apoyo para reconstruir lo perdido, no solo en términos materiales, sino también para preservar un símbolo vital de lucha y dignidad para los pueblos de la sierra. La escuela de Sisoguichi necesita volver a levantarse para seguir siendo lo que siempre ha sido: un hogar, una escuela y un faro de esperanza en medio de la montaña.
El Internado con casi un siglo de historia
El director del internado, David López Pérez, compartió para esta Casa Editorial que Sisoguichi es una de las localidades rarámuri que conforman a Bocoyna, y es uno de los poblados con mayor número de habitantes, por lo que resulta primordial mantener estos espacios de apertura para que niños, niñas y adolescentes puedan recibir educación del nivel básico teniendo asegurada su estancia, su alimentación y su salud. En este sentido, explicó que la escuela está enseguida del internado, y en este, se dan los servicios anteriormente mencionados, desde el lunes hasta el domingo, aunque afirmó que hay menores que prefieren regresarse a sus comunidades en fines de semana.
Vivir en el internado de Sisoguichi es formar parte de una experiencia comunitaria marcada por el esfuerzo, la solidaridad y la esperanza. Para decenas de niños, niñas y adolescentes rarámuri y mestizos, este lugar no es solo un refugio temporal, sino un segundo hogar donde pueden estudiar, alimentarse y desarrollarse de forma digna en medio de las difíciles condiciones de la Sierra Tarahumara.
El internado está ubicado en la comunidad de Sisoguichi, una de las más grandes del municipio de Bocoyna, y ha funcionado por casi un siglo como un espacio de acogida para menores provenientes de comunidades remotas y marginadas. Debido a la lejanía de sus hogares, muchos de estos estudiantes no podrían asistir regularmente a la escuela sin un sitio como este, que les garantiza alojamiento, comida y atención básica. Aquí, la rutina comienza desde muy temprano: al amanecer, los estudiantes se levantan, se asean y desayunan juntos antes de dirigirse a la escuela, que se encuentra justo al lado del internado.Es importante señalar que la escuela y el internado no están en la misma propiedad. La escuela pública se ubica en un terreno contiguo, mientras que el internado opera de manera independiente, pero en estrecha coordinación para asegurar que los estudiantes tengan una vida educativa estable. Esta cercanía permite que los menores transiten fácilmente entre ambos espacios, pero también representa un reto logístico y económico para mantener los servicios básicos activos los siete días de la semana.
Durante la semana, la vida en el internado gira en torno a la disciplina compartida y la convivencia. Los niños y jóvenes duermen en dormitorios colectivos, comen en grupo, y por las tardes hacen sus tareas, participan en actividades recreativas o simplemente descansan. Las comidas son preparadas por personal del internado, que administra con cuidado los limitados recursos para garantizar una nutrición básica y suficiente. La atención a la salud también forma parte de los servicios, brindando apoyo en casos de enfermedades comunes o accidentes menores.











